Raphaëlle Manière es ferroviaria en el Jura, donde trabaja en ventas, y tiene una liberación sindical a media jornada. Desde 2016 dirige la célula de vigilancia de la CGT contra las violencias sexistas y sexuales. Fue secretaria general de la Unión Departamental CGT del Jura entre 2010 y 2017. Entre 2015 y 2021 formó parte del Consejo Económico, Social y Medioambiental (CESE), donde fue vicepresidenta de la delegación de derechos de las mujeres e igualdad. Es también miembro de la Comisión Mujeres-Mixidad de la CGT.
¿En qué contexto se creó la célula de vigilancia contra las violencias sexistas y sexuales de la CGT? [1]
La célula se creó en noviembre de 2016 dentro de una dinámica feminista interna. Desde finales de los años noventa, la Comisión Mujeres-Mixidad ha desarrollado varias herramientas para hacer visible el lugar de las mujeres en la CGT. Estaban la Carta por la Igualdad entre Mujeres y Hombres de 2007 y un informe anual de situación comparada entre mujeres y hombres en la CGT. En 2016, además, un estudio del IRES dirigido por Rachel Silvera y Tiphaine Rigaud había analizado qué frena la permanencia de las mujeres en las responsabilidades sindicales y qué la favorece.
Desde 1999 hay paridad en la Comisión Ejecutiva Confederal y en la Oficina Confederal. Fue un avance muy importante. Pero nos habíamos dado cuenta de que las mujeres con responsabilidades de primer nivel se renovaban más deprisa que los hombres: permanecían menos tiempo en sus cargos. Había que entender qué provocaba esas salidas.
La célula nació también en un contexto social más amplio. Fue antes del #MeToo, pero las cuestiones relacionadas con el cuerpo, la intimidad, la menstruación, la sexualidad y las violencias empezaban ya a ocupar más espacio público. El término «feminicidio» se iba imponiendo. En las jornadas anuales de la Comisión Mujeres-Mixidad, cada vez más mujeres nos interpelaban por situaciones de violencia que no se habían resuelto. Algunas ya no encontraban su sitio en la CGT o acababan marchándose.
Por eso pensamos en crear una estructura situada entre las víctimas y las organizaciones sindicales. Tenía que ser un espacio propio, reconocido por la dirección confederal, capaz de recibir su palabra y de interpelar a las direcciones afectadas. La célula debía convertirse en la portavoz de las víctimas.
Entonces, ¿la célula estuvo ligada desde el principio a la cuestión del lugar de las mujeres en la organización?
Sí, totalmente. La célula responde al reto de transformar la CGT desde dentro. No podemos pretender combatir las violencias sexistas y sexuales en el trabajo y en la sociedad si no somos capaces de afrontarlas en nuestra propia organización. Se trata, ante todo, de ser coherentes con los valores que defendemos. Pero se trata también de garantizar de verdad el lugar de las mujeres en la CGT. Mientras haya violencias y relaciones de dominación, las mujeres no podrán ocupar plenamente su lugar. Y es una cuestión democrática: donde hay relaciones de dominación no puede haber democracia real.
Al principio éramos cuatro: Maryse Dumas, Sabine Reynosa, Maryse Thaeron y yo. Dirijo la célula desde su creación. Muy pronto invitamos a compañeros varones a sumarse. El carácter mixto del dispositivo respondía a los principios de la CGT y a nuestra voluntad de hacer avanzar la conciencia feminista entre hombres y mujeres por igual. También hay que reconocer que la presencia de hombres en la célula podía tranquilizar a algunos compañeros y ayudar a legitimarla. Desde el principio entendimos nuestro trabajo como un proceso de aprendizaje. En 2016 no teníamos ningún modelo ya hecho ni un procedimiento del todo estabilizado. Fuimos construyendo el dispositivo poco a poco, a partir de las situaciones con las que nos encontrábamos.
¿Qué tipo de situaciones se denuncian ante la célula?
Año tras año nos han sorprendido el número y la gravedad de las situaciones que nos llegan. Las denuncias abarcan todas las formas de violencia sexista y sexual: comentarios o insultos sexistas, exhibicionismo, acoso moral de carácter sexista, acoso sexual, agresiones sexuales y violaciones. Cada año instruimos entre cinco y diez expedientes formales. A eso se suman las situaciones que asumen directamente las comisiones de acompañamiento a las víctimas creadas en las organizaciones. Los expedientes que llegan oficialmente a la célula son, por tanto, solo una parte de la realidad.
Cada año presentamos un balance a la dirección confederal. Nos permite tomar distancia, dar cuenta de la naturaleza de las violencias y detectar algunas evoluciones. Constatamos, por ejemplo, que las violencias cometidas en relaciones de pareja entre militantes aparecen cada vez con más claridad en las denuncias. Hoy ya se puede nombrar la violación conyugal. Esto refleja también los cambios en curso en el conjunto de la sociedad, sobre todo el avance del debate sobre el consentimiento.
Hacer visibles estas violencias es imprescindible. Frenan la permanencia de las mujeres en la organización y también la afiliación de nuevas militantes. En torno al 39 % de la afiliación de la CGT son mujeres. Si queremos reforzar su lugar, la lucha contra las violencias es una palanca absolutamente ineludible.
En concreto, ¿qué ocurre cuando alguien acude a la célula?
Cuando llega una denuncia a la célula o directamente a una organización, se abre un expediente. No es una investigación judicial: no somos ni la policía ni la justicia. El expediente sirve para recoger la palabra de quien denuncia los hechos, precisarlos y poder calificarlos. Es estrictamente confidencial.
Después, el expediente se entrega a una comisión ad hoc. La constituyen las organizaciones sindicales afectadas, con personas que no están implicadas directamente en la situación y que no conocen a sus protagonistas. La comisión estudia el expediente, escucha a la persona señalada y emite una valoración política.
Ni la célula ni la comisión ad hoc deciden. La decisión corresponde al equipo de dirección de la organización afectada. Esto es importante: la célula no sustituye a los órganos de la CGT. Al contrario, el dispositivo obliga a cada organización y a cada dirección a asumir sus responsabilidades.
Es un procedimiento complicado y exigente. No funciona igual de bien en todos los casos, porque la conciencia sobre el patriarcado, las violencias sexuales y sus efectos sobre el lugar de las mujeres sigue siendo desigual. Las respuestas todavía pueden variar mucho de una organización a otra.
Insistes en la necesidad de desarrollar una «cultura de la protección». ¿Qué significa esa expresión?
La cultura de la protección parte de la necesidad de proteger a las personas que denuncian violencias y de permitirles seguir militando. Se opone a una cultura de la sospecha que lleva a poner en duda su palabra de inmediato o a ver la denuncia como un ataque contra la organización.
Cuando se señala a un militante con responsabilidades, hay quien se siente tentado a pensar que, a través de él, se ataca a la propia CGT. Esa retórica del complot sigue funcionando. A veces lleva a las organizaciones a proteger a la persona señalada en lugar de examinar los hechos y las relaciones de dominación.
Por eso los expedientes tienen también una función pedagógica. Tienen que permitir mostrar lo que ha ocurrido, identificar las violencias y comprender por qué una relación estaba desequilibrada. El patriarcado actúa en todas partes: en la sociedad, en el trabajo y en las propias organizaciones progresistas. Reconocerlo es la condición para poder combatirlo.
La CGT, por cierto, lo reconoce cada vez con más claridad en sus documentos de orientación. Pero esa toma de conciencia no se traslada de forma automática ni uniforme a todas las estructuras. Por eso tenemos que seguir convenciendo, formando y haciendo visibles las violencias.
¿En qué consiste el Marco Común de Actuación contra las violencias sexistas y sexuales?
El Marco Común de Actuación (MCA) es un manual de uso para las direcciones sindicales. Responde a una pregunta muy concreta: cuando una organización recibe una denuncia de violencias sexistas o sexuales, ¿qué tiene que hacer? Detalla las etapas de la tramitación: la recepción de la denuncia, la elaboración del expediente, la constitución de una comisión ad hoc, la audiencia de la persona señalada, la valoración política y la decisión de la dirección. Su objetivo es dar garantías al proceso y evitar improvisaciones que puedan agravar las situaciones.
El MCA es el resultado de un trabajo conjunto que combina la experiencia acumulada por la célula con los intercambios mantenidos con las uniones departamentales y las federaciones. Hubo varias idas y venidas para que pudiera servir al mayor número posible de organizaciones. Cuando lo elaboramos ya teníamos ocho años de experiencia. Habíamos podido ver qué funcionaba, qué no y qué necesitaba un marco más preciso.
El marco tiene que dar confianza a las víctimas, que ahora saben qué debe ocurrir cuando presentan una denuncia. Pero también tiene que dar confianza a las organizaciones, indicándoles qué deben hacer y qué deben evitar. Las decisiones políticas siguen siendo, después, responsabilidad suya.
Este marco acaba de anexarse a los estatutos de la CGT. ¿Qué alcance tiene esta decisión?
Es una victoria feminista importante. El Comité Confederal Nacional (CCN) había aprobado primero el Marco Común de Actuación en noviembre de 2025. Después, el congreso aprobó anexarlo a los estatutos con cerca del 71 % de los mandatos. La mayoría de los sindicatos decidió claramente dar este nuevo paso. Figurar en los estatutos compromete políticamente mucho más a las organizaciones. Afirma que el tratamiento de las violencias sexistas y sexuales no es algo opcional ni periférico, y que forma parte del funcionamiento y de los principios de la CGT.
Aun así, hay que seguir siendo lúcidas. La CGT es una organización federal. Una estructura reticente todavía puede negarse a aplicar correctamente el proceso o mantener la sospecha hacia una víctima. Que el marco esté anexado a los estatutos no significa que todas las resistencias vayan a desaparecer de la noche a la mañana. Pero tenemos que medir el camino recorrido. El CCN aprobó la Carta por la Igualdad entre Mujeres y Hombres en 2007, y no se anexó a los estatutos hasta 2013: hicieron falta seis años. Con el Marco Común de Actuación han bastado unos meses entre su aprobación en el CCN y su entrada en los estatutos. Eso muestra que la toma de conciencia feminista se ha acelerado dentro de la CGT.
¿Cómo fue el debate en el congreso?
La célula defendió el marco como continuación de su actividad cotidiana. Después, la campaña política a favor de anexarlo la impulsaron la secretaria general de la CGT y la Comisión Mujeres-Mixidad, en particular Myriam Lebkiri, junto con todas y todos los que consideraban necesario este paso. Hubo muchos debates dentro de las organizaciones y entre las distintas estructuras.
Lo más alentador del congreso fue la señal que enviaron los sindicatos. Desde el comienzo de la sesión dedicada al Marco Común de Actuación sentimos que la mayoría veía necesario este avance. Hubo intervenciones muy emotivas. La oposición que existía en algunas organizaciones apenas se expresó finalmente en público.
Maryse Dumas habló de una etapa de «madurez política» en materia de violencias sexistas y sexuales. Su testimonio fue especialmente contundente. Como antigua dirigente confederal, podía medir el camino recorrido. Antes, las personas responsables tenían que gestionar las situaciones que les llegaban sin un marco colectivo realmente establecido. Hoy tenemos un protocolo y podemos explicar públicamente cómo pretende actuar la CGT.
¿Puede este avance tener efectos más allá de la CGT?
Cada avance en una organización puede mostrar a las demás que es posible avanzar. La FSU, por ejemplo, ya ha recogido en sus estatutos la existencia de su célula contra las violencias sexistas y sexuales, aunque los dispositivos no sean idénticos. [2] Los partidos políticos también han desarrollado sus propios procedimientos, a veces más centralizados y con una capacidad de decisión más directa.
La célula de la CGT fue, en 2016, bastante pionera en el ámbito sindical. Hoy no estamos solos, y no somos necesariamente los más avanzados en todos los aspectos. Pero el trabajo interorganizativo que hacemos desde 2021 es muy valioso. Reúne a diecinueve estructuras (sindicatos, partidos y asociaciones) y permite compartir experiencias, reflexionar sobre las prácticas y construir herramientas comunes. Ahora mismo, por ejemplo, estamos preparando un cuaderno feminista con respuestas a los comentarios sexistas que se oyen en las organizaciones. Estos intercambios son imprescindibles. Ninguna organización puede decir que ha encontrado sola el método perfecto. Todas tienen que aprender de las dificultades y de los avances de las demás.
La propia célula ha cambiado sus prácticas en estos diez años. ¿Cuáles son los principales cambios?
Hemos aprendido muchísimo. No solo hemos construido un procedimiento para tramitar denuncias. También hemos pensado en la conservación de nuestros archivos, en la confidencialidad y en el cumplimiento del Reglamento General de Protección de Datos. Son cuestiones esenciales, porque manejamos información extremadamente sensible.
También hemos tenido en cuenta los efectos psicológicos que la escucha tiene sobre quienes formamos parte de la célula. Firmamos un convenio con una terapeuta especializada en psicotrauma. Con ella hacemos dos sesiones colectivas al año para reflexionar sobre nuestras prácticas. Trabajamos sobre todo el trauma vicario, es decir, los efectos que puede tener la exposición repetida a relatos traumáticos en las personas que recogen los testimonios. Cuando ya solo piensas en un expediente, cuando duermes mal o cuando lo que escuchas afecta profundamente a tu vida personal y a tus relaciones, tienes que saber reconocer esas señales.
La supervisión nos ayuda a recuperar la postura adecuada. Cuando hace falta, también podemos tener sesiones individuales con nuestra terapeuta. No es una terapia personal: es un espacio profesional y militante para aprender a escuchar sin quedar desbordadas y sin salirnos de nuestro papel.
En cuanto a las víctimas, la Confederación también ha firmado un convenio con una psicóloga clínica formada en trauma y en el método ICV (Integración del Ciclo Vital). Así podemos acompañar a nuestras compañeras durante algunas sesiones mientras encuentran su propio seguimiento psicológico en su territorio.
Por último, la actividad de la célula y de las organizaciones que se posicionan contra las violencias puede acabar en los tribunales. Puede haber querellas por difamación, acusaciones de vulnerar la intimidad o recursos basados en la protección de datos. Por eso tenemos que trabajar con abogadas y abogados que conozcan a la vez las violencias sexistas y sexuales, el derecho sindical y la protección de datos personales. Eso ya forma parte de nuestra actividad.
Ahora que se acerca el décimo aniversario de la célula, ¿qué balance haces?
Hemos recorrido mucho camino. Hoy tenemos una célula reconocida, una experiencia colectiva, un Marco Común de Actuación y su inscripción en los estatutos. La CGT está mucho mejor preparada que hace diez años.
Pero el lugar de las mujeres todavía no está plenamente garantizado en ella. Las violencias siguen ahí y algunas situaciones son extremadamente graves. Anexar el Marco Común de Actuación a los estatutos no debe llevarnos, en ningún caso, a bajar la guardia. Al contrario, nos da una responsabilidad añadida.
Tenemos que seguir haciendo visibles las violencias y demostrando sus efectos sobre las militantes y sobre el funcionamiento democrático de la organización. Tenemos que combatir las estrategias de protección de los agresores y convencer a las compañeras y compañeros.
La lucha contra las violencias sexistas y sexuales es una batalla política por derecho propio. No se trata solo de resolver casos individuales: está en juego el tipo de organización sindical que queremos construir. Una organización en la que las mujeres puedan afiliarse, militar, asumir responsabilidades y quedarse a largo plazo no puede tolerar las violencias ni las relaciones de dominación. La batalla continúa, pero sin duda hemos dado un paso decisivo.
Entrevista realizada por Fanny Gallot.
Traducido del francés. Publicado originalmente en Contretemps el 2 de septiembre de 2026.
Notas (N. de la T.)
[1] La Confederación General del Trabajo (CGT) es una confederación sindical interprofesional francesa que agrupa a asalariadas y asalariados. Es la segunda organización sindical del sector privado por número de votos en las elecciones sindicales y la primera del sector público.
[2] La Federación Sindical Unitaria (FSU) es la principal federación sindical de la enseñanza en Francia.
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