Publicado originalmente en inglés en Anticapitalist Resistance el 27 de octubre de 2023, con el título «Degrowth – facing up to harsh reality»: https://anticapitalistresistance.org/degrowth-%c2%ac-facing-up-to-harsh-reality/
Este artículo se basa en la introducción sobre el decrecimiento que presenté el 10 de octubre en una reunión de la West Midlands Climate Coalition [Coalición por el Clima de West Midlands]. Fue una reunión excelente, con veinte activistas muy bien informados, que dio lugar a un debate muy bueno que he intentado resumir al final. He incluido varios puntos que no llegué a desarrollar en mi exposición, en particular sobre la población en relación con el informe Los límites del crecimiento y, al final, sobre el método transicional.
Empecé señalando el reciente auge del interés por la idea del decrecimiento, que responde sin duda a la aterradora aceleración del calentamiento global que estamos viviendo. La temperatura media mundial del pasado mes de septiembre ha registrado un aumento sin precedentes (y enorme): 0,93 °C por encima de la media de septiembre del periodo 1991-2020. (Mi artículo anterior, «Decrecimiento: un renacimiento notable», puede leerse aquí.)
Esa misma tarde, sin embargo, acababa de ver el discurso de Keir Starmer ante la conferencia del Partido Laborista, cuyo tema principal fue el crecimiento, el crecimiento y más crecimiento. La conferencia conservadora de la semana anterior había sido igual. Toda la clase política ve el crecimiento como el santo grial que abre la puerta a todo y a cualquier cosa, con la implicación de que no hay alternativa. Es una propuesta absurda en un planeta finito, y hay que combatirla.
Yo intervenía, sin embargo, precisamente para defender una posición muy distinta: que el crecimiento económico es el mayor generador de emisiones de carbono y de calentamiento global, y que la alternativa estratégica es el decrecimiento, es decir, la reducción planificada del tamaño de la economía para ajustarla a los límites naturales del planeta.
El decrecimiento sigue siendo, por supuesto, una propuesta controvertida. Las élites gobernantes lo rechazan porque contradice la lógica del capitalismo, cosa que efectivamente hace, y la mayor parte de la izquierda socialista lo rechaza porque choca con el apoyo que ha dado al crecimiento económico y al productivismo durante todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI, y con el que no ha conseguido romper.
El elefante en la habitación
La dura realidad es que, nos guste o no, el crecimiento económico exponencial es una amenaza directa para el futuro de la vida en el planeta, incluida la nuestra. Es el elefante en la habitación del que no se puede hablar en sociedad. Y, sin embargo, sin decrecimiento caminamos como sonámbulos hacia un colapso ecológico y social de desenlace profundamente incierto.
Las cifras son contundentes. Con una tasa media de crecimiento del PIB mundial del 3 % anual, la que se ha registrado en los últimos cincuenta años y la que se prevé que continúe, la economía mundial se duplica cada 23 años. Esto significa que se habrá duplicado hacia 2046 y cuadruplicado hacia 2069. La idea de que esto pueda contenerse siquiera remotamente en un planeta finito resulta inconcebible.
Hay quien sostiene —Kate Raworth, por ejemplo, en Economía rosquilla— que el problema no es el crecimiento como tal, sino la forma de medirlo, es decir, el PIB, y que si encontramos un indicador mejor, como la propia economía rosquilla, todo irá bien. Esto no tiene sentido. Aunque no usaríamos el PIB para medir una futura sociedad ecosocialista, hoy, bajo el capitalismo, nos proporciona información crucial sobre el crecimiento de la economía capitalista, nacional e internacional, y por tanto sobre lo que implica para el futuro del planeta. (Mi reseña de Economía rosquilla puede leerse aquí.)
En cualquier caso, existen también otros indicadores.
La tecnosfera física total, por ejemplo, mide el conjunto de la infraestructura física necesaria para sostener la vida humana en el planeta a su nivel actual: carreteras, edificios, suministro de energía y de agua, transporte, vehículos, plásticos, transporte marítimo, hospitales, tratamiento de residuos, etc. Suma en total 30 billones de toneladas, es decir, 4.000 toneladas por cada ser humano del planeta, y, como el PIB, se duplica cada veinte años.
Está también el consumo mundial de cemento, que refleja fielmente la expansión de las infraestructuras y que también se duplica cada veinte años.
Los límites del crecimiento
No es un debate nuevo, por supuesto. A mi juicio, el estudio fundamental sobre los efectos del crecimiento económico exponencial en el planeta lo realizó en 1970 un grupo de jóvenes científicos ambientales del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) dirigido por Donella Meadows. Sus conclusiones se publicaron dos años después, en 1972, con el título Los límites del crecimiento.
Al mismo tiempo, aunque por separado, el reconocido filósofo social de origen austriaco y pionero de la ecología política André Gorz planteaba la pregunta: «¿Es compatible con la supervivencia del sistema capitalista el equilibrio de la Tierra, para el cual es condición necesaria el no crecimiento —o incluso el decrecimiento— de la producción material?». Y añadía: «Hoy podemos responder a esta pregunta con un “no”».
La conclusión de Los límites del crecimiento iba en la misma línea. Lo formulaba así: «Si se mantienen sin cambios las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos, el planeta alcanzará los límites de su crecimiento en algún momento de los próximos cien años. El resultado más probable será un declive bastante repentino e incontrolable tanto de la población como de la capacidad industrial» (p. 24). Dicho de otro modo, nos dirigíamos (y nos dirigimos) hacia una catástrofe ecológica mundial a corto o medio plazo.
La respuesta a Los límites fue espectacular. Se vendieron doce millones de ejemplares en todo el mundo, se tradujo a 37 idiomas y sigue siendo hoy el libro sobre medio ambiente más vendido de la historia.
También fue un motor importante —junto con Primavera silenciosa, de Rachel Carson, publicado una década antes— del surgimiento del movimiento ecologista de los años sesenta y setenta. Y en 2002 inspiró el nacimiento del movimiento por el decrecimiento, primero en Francia y después a escala mundial, que creó un instituto de estudios sobre el decrecimiento y organizó una serie de conferencias internacionales que han mantenido viva la idea —en sus múltiples variantes— desde entonces.
La izquierda socialista, sin embargo, ya fuera radical, socialdemócrata o estalinista —con algunas excepciones importantes—, rechazó de plano el informe y despreció al movimiento ecologista emergente y al Partido Verde como distracciones de clase media respecto de la lucha «real». En su lugar, siguió apoyando el mantra productivista dominante del capitalismo. La Política Económica Alternativa de Tony Benn en los años ochenta, por ejemplo, se basaba por completo en el crecimiento. El informe ponía en cuestión, además, la idea de un futuro próspero basado en la abundancia material, que durante muchos años había sido el modelo de la izquierda.
La postura de la izquierda supuso no reconocer la importancia histórica de la llegada, bastante tardía, de la agenda ecológica, que cada vez sería más imposible de ignorar. También la incapacitó para cuestionar las agendas del crecimiento y el productivismo que suscribían los sindicatos y el Partido Laborista, y que hoy siguen sin cuestionarse.
Además, abrió una dañina división histórica entre socialistas y ecologistas que todavía padecemos: los socialistas veían a los ecologistas como poco socialistas, y los ecologistas veían a los socialistas como poco ecologistas, lo que por desgracia era cierto y sigue siéndolo.
El rechazo de la izquierda a Los límites se debió en parte a que el informe incluía en sus cálculos el aumento de la población, un tema que la izquierda, y en particular la izquierda marxista, se niega a discutir. Era difícil, sin embargo, sostener que esto tuviera un peso desproporcionado, ya que los autores basaban sus conclusiones en cinco factores principales: población, producción agrícola, recursos naturales, producción industrial y contaminación. Hace tiempo que considero que su decisión fue acertada. La población mundial aumentó en 74,6 millones de personas en 1972, y desde entonces ha seguido creciendo cada año en torno a esa cifra.
El decrecimiento en la práctica
Los principios del decrecimiento están claros. Rechaza el crecimiento y el productivismo en favor de la producción útil, la democracia, la redistribución económica y el bienestar.
El mejor libro que expresa este punto de vista es, en mi opinión, The Case for Degrowth, de Giorgos Kallis y otros. Insiste en que tenemos que producir y consumir de otra manera para que las personas puedan vivir vidas socialmente ricas y con sentido, en sociedades resilientes, al tiempo que reducimos nuestro impacto sobre el planeta y el mundo natural. Propone pactos verdes sin crecimiento, una renta básica universal y unos servicios básicos universales que protejan a la población durante la transición a las energías renovables, una gran reducción de la jornada laboral y poner freno a la industria publicitaria. Son todas reivindicaciones importantes por las que tenemos que luchar aquí y ahora.
La primera responsabilidad en esto corresponde, por supuesto, a los países ricos del Norte Global, que además deben financiar a los países empobrecidos para que puedan hacer la transición y, a la vez, alcanzar su nivel.
No podemos dar por hecho, sin embargo, que el calentamiento global vaya a detenerse de forma gradual —ni, desde luego, pacífica—, a pesar de todos nuestros esfuerzos, antes de que nos alcancen el caos climático desbocado, los colapsos sociales y ecológicos y los disturbios civiles, con una ultraderecha autoritaria que detesta todo lo «woke» esperando entre bastidores. Como nos advirtió Los límites del crecimiento, esos colapsos son muy probables y, por tanto, tenemos la obligación de prepararnos para ellos; sin embargo, de momento ni siquiera forman parte del debate.
En esas condiciones, la defensa del planeta implica construir un movimiento de masas de contenido progresista, desarrollado en el curso de la lucha, capaz de comprender la importancia crucial de una economía más pequeña, que reduciría la presión sobre los recursos y la biosfera del planeta. En otras palabras, ese movimiento tendría que tener como reivindicación central el decrecimiento —es decir, una reducción planificada de la economía mundial— para ajustar el impacto humano a los límites planetarios.
Ese movimiento de masas tendría que incluir a todas las personas dispuestas a luchar por salvar el planeta desde un punto de vista progresista: el movimiento ecologista en todas sus formas, los movimientos indígenas, campesinos y de agricultores, así como los sindicatos y los partidos políticos progresistas.
También tendría que exigir, a mi juicio, que los grandes contaminadores paguen la transición a las renovables mediante una fuerte fiscalidad sobre la producción de combustibles fósiles, para hacer posible una gran redistribución de la riqueza de los ricos a los pobres y, con ello, una transición socialmente justa capaz de ganar un amplio apoyo popular. Es lo que yo llamaría, puesto que no estamos en un periodo revolucionario, un enfoque transicional, que debe ser la piedra angular de la estrategia ecosocialista si queremos contribuir a salvar el planeta de la destrucción ecológica y avanzar hacia una sociedad futura poscapitalista y ecológicamente sostenible.
El debate
Como he dicho, fue una reunión excelente, con veinte activistas muy bien informados y un debate excelente al final. Nadie se opuso al decrecimiento por principio, pero se plantearon muchas preguntas, sobre todo acerca de cómo aplicarlo.
Carol Hyatt, concejala laborista de Wolverhampton y miembro de la Autoridad Combinada de West Midlands [el órgano de gobierno metropolitano de la región], dijo que apoyaba gran parte de lo que yo había dicho, incluida la necesidad de una renta básica universal y de servicios básicos universales, pero que había muchos detalles que discutir. No supe darle una respuesta adecuada, y está claro que queda mucho trabajo por hacer. Mencioné la cuestión de las ciudades de 15 minutos y los barrios de bajo tráfico, que en mi opinión encajan perfectamente en un marco de decrecimiento.
Rick Hatcher, de Birmingham Against the Cuts [Birmingham contra los Recortes], intervino sobre la Autoridad Combinada de West Midlands y el decrecimiento. Después me hizo llegar su intervención por escrito, en la que decía lo siguiente:
«Aquí, en West Midlands, el desarrollo económico lo impulsa, en nombre del Gobierno, la Autoridad Combinada de West Midlands (WMCA). Su objetivo es el crecimiento económico. La WMCA tiene una Junta de Crecimiento Económico formada por concejales de las autoridades locales y representantes empresariales; tiene un plan de negocio, “Global West Midlands”, y dispone de 84 millones de libras para apoyo a las empresas. La pregunta es: ¿qué significa esto para la crisis climática? La WMCA tiene un Programa de Descarbonización y Cero Neto que ofrece “asesoramiento experto” a las empresas. ¿Qué impacto tiene en el contexto de la búsqueda del beneficio a través del crecimiento?
La respuesta corta es que no lo sabemos. El movimiento sindical de West Midlands no tiene ningún análisis del impacto climático de las políticas de la WMCA, ni de ninguna de sus políticas económicas. No hay nada en la web del Midlands TUC [la organización regional de la confederación sindical británica], a pesar de que su secretario es miembro de la Junta de Crecimiento Económico de la WMCA. No hay absolutamente nada sobre la Autoridad Combinada, ni ningún análisis de la economía de West Midlands, en las webs de los consejos sindicales locales (trades councils) de Birmingham, Coventry o Wolverhampton.
Es una debilidad enorme. No basta con esperar a que los trabajadores de West Midlands sufran los golpes repetidos de la política económica capitalista local para reaccionar. Necesitamos análisis actualizados de cómo se concretan las políticas nacionales en las economías locales y del papel de organismos estatales como las autoridades combinadas, para poder desarrollar ya políticas preventivas; y la cuestión del crecimiento económico y su impacto climático es central.»
Bob Whitehead, de Birmingham, sostuvo que hay que examinar por separado el crecimiento y el decrecimiento. Necesitamos que crezcan, por ejemplo, el tiempo libre; la oferta educativa, sanitaria y de servicios sociales; el transporte público; la vivienda social; el aislamiento de los edificios; las energías renovables; la cultura; el deporte participativo; los equipamientos comunitarios, como lavanderías, comedores, cuidado infantil y actividades sociales; y los derechos educativos y reproductivos de las mujeres.
Lo que tendríamos que hacer decrecer sería, por ejemplo, los productos innecesarios, el consumismo, la publicidad, la propiedad individual del automóvil, la construcción de carreteras, el plástico, la producción de carne de vacuno y de carne en general, la aviación, el armamento y, por supuesto, el uso de combustibles fósiles. El equilibrio entre ambas cosas, dijo, se plantearía de forma distinta en distintas partes del mundo —en el Sur Global, por ejemplo—; la lista presentada aquí se refiere sobre todo al Norte Global. Todo ello iría unido a un enfoque cooperativo, de compartir, con una forma social, y no individual, de hacer las cosas.
Me preguntaron en qué lugar quedaba con todo esto el Sur Global, y pude reiterar que, aunque con el tiempo el decrecimiento tendrá que aplicarse a todo el planeta, la principal responsabilidad en esta fase recae en los países ricos del Norte Global —que son, en cualquier caso, los mayores contaminadores—, que no solo deben reducir drásticamente su propio impacto sobre el planeta, sino también financiar íntegramente a los países empobrecidos del Sur, tanto para que descarbonicen sus economías como para que, al mismo tiempo, converjan con el Norte Global en nivel de vida.


