Presentación
Hay una caricatura del materialismo histórico que lleva siglo y medio circulando: la economía manda, las ideas son un reflejo, las personas son marionetas de su clase. Mandel dedica buena parte de este texto a desmontarla, y lo hace concediendo mucho más de lo que suele concederse.
Concede que la ciencia, el arte, la filosofía y el derecho tienen cada uno su historia propia y su lógica propia. Cada generación de científicos o de juristas hereda un cuerpo de ideas y puede transformarlo, modificarlo o negarlo. Concede que en cualquier país conviven relaciones de producción de épocas distintas, con sus clases correspondientes: campesinos, artesanos, terratenientes semifeudales, incluso esclavistas, sobreviviendo en los intersticios de sociedades ya capitalistas. Y concede que una ideología puede sobrevivir a la clase que la engendró por pura inercia social. Su ejemplo es la Francia del siglo XIX, donde el catolicismo del antiguo régimen siguió vivo pese a todo lo que la Revolución había barrido.
Lo que no concede es el punto de partida. Es la existencia social la que determina la conciencia social, y no al revés. Y la tesis de que la ideología dominante de cada época es la de la clase dominante no dice, según Mandel, más de lo que dice: deja sitio a otras ideologías no hegemónicas, y de hecho la lucha ideológica suele preceder a la política. Las críticas socialistas de la sociedad burguesa llegaron antes que los partidos obreros.
La parte que más me interesa es la del final, porque es donde el materialismo histórico deja de ser método y se vuelve apuesta. La medida real de la libertad humana, dice Mandel siguiendo a Marx y Engels, no es el trabajo productivo sino el tiempo libre. No el tiempo de no hacer nada, sino el tiempo liberado de la necesidad de ganarse la vida. Mientras la sociedad sea demasiado pobre, solo una parte podrá liberarse: los que cobran por pensar, porque no tienen que hornear su pan ni construir su casa. El día que la media jornada baste para cubrir las necesidades básicas de todos, la base material de las clases desaparece.
El siguiente domingo publicamos la teoría del valor-trabajo. Quien quiera el Mandel más político puede ir al archivo de Red Mole, a sus conferencias de 1976 sobre la revolución alemana.
El texto
Al margen de sus teorías económicas específicas, la principal aportación de Marx a las ciencias sociales ha sido su teoría del materialismo histórico. Su punto de partida es antropológico. Los seres humanos no pueden sobrevivir sin organización social.
La existencia social determina la conciencia
La organización social se basa en el trabajo social y en la comunicación social. El trabajo social se da siempre dentro de un marco dado de relaciones sociales de producción específicas, históricamente determinadas. Esas relaciones sociales de producción determinan en última instancia todas las demás relaciones sociales, incluidas las de la comunicación social. Es la existencia social la que determina la conciencia social, y no al revés.
Base y superestructura
El materialismo histórico sostiene que las relaciones de producción que llegan a estabilizarse y a reproducirse son estructuras que ya no pueden cambiarse gradualmente, a trozos. Son modos de producción. Por usar el lenguaje dialéctico de Hegel, que Marx adoptó y adaptó en gran medida: solo pueden cambiar cualitativamente mediante una conmoción social completa, una revolución o una contrarrevolución social. Dentro de los modos de producción pueden darse cambios cuantitativos, pero no modifican la estructura básica. En cada modo de producción, un conjunto dado de relaciones de producción constituye la base, la infraestructura, sobre la que se levanta una superestructura compleja que abarca el Estado y el derecho (salvo en una sociedad sin clases), la ideología, la religión, la filosofía, las artes, la moral, etcétera.
Qué cuenta como relación de producción
Las relaciones de producción son la suma total de las relaciones sociales que los seres humanos establecen entre sí en la producción de su vida material. No se limitan, por tanto, a lo que ocurre efectivamente en el punto de producción. La humanidad no podría sobrevivir, es decir, producir, si no existieran formas específicas de circulación de bienes: por ejemplo, entre unidades productivas (circulación de herramientas y materias primas) y entre unidades de producción y consumidores. La asignación a priori de los bienes determina relaciones de producción distintas de las que determina la asignación a través del mercado. La producción mercantil parcial —lo que Marx llama «producción mercantil simple» o «pequeña producción mercantil», einfache Warenproduktion— implica también relaciones de producción distintas de las de la producción mercantil generalizada.
Salvo en el caso de las sociedades sin clases, los modos de producción, articulados en torno a las relaciones de producción predominantes, se encarnan en relaciones de clase específicas que, en última instancia, sobredeterminan las relaciones entre los individuos.
Libre albedrío y lógica social
El materialismo histórico no niega el libre albedrío del individuo, sus intentos de elegir sobre su existencia según sus pasiones individuales, sus intereses tal como los entiende, sus convicciones, sus opciones morales, etcétera. Lo que el materialismo histórico afirma es: primero, que esas elecciones están fuertemente predeterminadas por el marco social (la educación, la ideología y los «valores» morales predominantes, las variantes de comportamiento limitadas por las condiciones materiales, etcétera); y segundo, que el resultado de la colisión de millones de pasiones, intereses y opciones distintas es esencialmente un fenómeno de lógica social y no de psicología individual. Aquí los intereses de clase son predominantes.
No hay en la historia un solo ejemplo de clase dominante que no intentara defender su dominio de clase, ni de clase explotada que no intentara limitar —y ocasionalmente eliminar— la explotación que sufre. De modo que, fuera de la sociedad sin clases, la lucha de clases es un rasgo permanente de la sociedad humana. De hecho, una de las tesis clave del materialismo histórico es que «la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases» (Marx, Manifiesto Comunista, 1848).
El producto excedente
El objeto inmediato de la lucha de clases es económico y material. Es una lucha por el reparto del producto social entre los productores directos (la clase productiva y explotada) y quienes se apropian de lo que Marx llama el producto excedente social, el residuo del producto social una vez que los productores y su descendencia han sido alimentados —en el sentido amplio de la palabra, es decir, la suma total de los bienes de consumo que consume esa clase— y se ha reproducido el stock inicial de herramientas y materias primas, incluida la restauración de la fertilidad inicial del suelo. La clase dominante funciona como clase dominante esencialmente mediante la apropiación del producto excedente social. Al hacerse con el producto excedente social, adquiere los medios para fomentar y mantener la mayor parte de las actividades superestructurales mencionadas; y al hacerlo, puede determinar en gran medida su función —mantener y reproducir la estructura social dada, el modo de producción dado— y su contenido.
Cuatro razones para no ser determinista
Decimos «determinar en gran medida» y no «determinar por completo». En primer lugar, hay un movimiento «dialéctico inmanente», es decir, autónomo, de cada esfera superestructural específica de actividad. Cada generación de científicos, artistas, filósofos, teólogos, juristas y políticos encuentra un corpus dado de ideas, formas, reglas, técnicas y modos de pensar, al que es iniciada mediante la educación y la práctica corriente. No está obligada a continuarlos y reproducirlos sin más. Puede transformarlos, modificarlos, cambiar sus interconexiones, incluso negarlos. De nuevo: el materialismo histórico no niega que exista una historia específica de la ciencia, una historia del arte, una historia de la filosofía, una historia de las ideas políticas y morales, una historia de la religión, que siguen todas su propia lógica. Lo que intenta es explicar por qué cierto número de cambios, o incluso de revoluciones, científicos, artísticos, filosóficos, ideológicos o jurídicos se producen en un momento dado y en países dados, y son bien distintos de otros ocurridos algunos siglos antes en otra parte. El nexo de esas «revoluciones» con periodos históricos determinados es un nexo de intereses de clase.
En segundo lugar, cada formación social —es decir, un país dado en una época dada—, aun estando caracterizada por relaciones de producción predominantes (un modo de producción dado en cierta fase de su desarrollo), incluye relaciones de producción distintas que son en gran medida restos del pasado, pero también a veces núcleos de modos de producción futuros. Así, no solo existen la clase dominante y la clase explotada características de ese modo de producción predominante (capitalistas y asalariados bajo el capitalismo). Existen también restos de clases sociales que fueron predominantes cuando prevalecían otras relaciones de producción y que, habiendo perdido su hegemonía, aún logran sobrevivir en los intersticios de la nueva sociedad. Es el caso, por ejemplo, de los pequeños productores mercantiles (campesinos, artesanos, pequeños comerciantes), de los terratenientes semifeudales e incluso de los esclavistas, en muchas formaciones sociales ya predominantemente capitalistas a lo largo del siglo XIX y parte del XX. Cada una de esas clases sociales tiene su propia ideología, sus propios valores religiosos y morales, que se entrelazan con la ideología de la clase dominante hegemónica sin quedar completamente absorbidos por ella.
En tercer lugar, incluso después de que una clase dominante dada —por ejemplo, la nobleza feudal o semifeudal— haya desaparecido como clase dominante, su ideología puede sobrevivir por pura fuerza de inercia social y de rutina, de costumbre. La supervivencia de la ideología católica tradicional del antiguo régimen en Francia durante buena parte del siglo XIX, pese a los cambios sociales, políticos e ideológicos radicales que trajo la Revolución francesa, ilustra esa regla.
Por último, la afirmación de Marx de que la ideología dominante de cada época es la ideología de la clase dominante —otro principio básico del materialismo histórico— no expresa más de lo que efectivamente dice. Implica que otras ideologías pueden existir junto a esa ideología dominante sin ser hegemónicas. Por citar la más importante de esas ocurrencias: las clases sociales explotadas y oprimidas pueden desarrollar su propia ideología, que empezará a desafiar a la hegemónica. De hecho, una lucha de clases ideológica acompaña, y a veces incluso precede, a la lucha de clases política propiamente dicha. Las luchas religiosas y filosóficas que precedieron a las revoluciones burguesas clásicas, o las primeras críticas socialistas de la sociedad burguesa que precedieron a la constitución de los primeros partidos obreros y a las primeras revoluciones, son ejemplos de ese tipo.
La lucha de clases ha sido hasta ahora el gran motor de la historia. Los seres humanos hacen su propia historia. Ningún modo de producción puede ser sustituido por otro sin acciones deliberadas de grandes fuerzas sociales, es decir, sin revolución social o contrarrevolución. Que esas revoluciones o contrarrevoluciones conduzcan efectivamente a la realización a largo plazo de proyectos deliberados de reorganización social es otra cuestión. Muy a menudo, su resultado difiere en buena medida de la intención de los principales actores.
Hacer la historia con falsa conciencia
Los seres humanos actúan conscientemente, pero pueden actuar con falsa conciencia. No comprenden necesariamente por qué quieren realizar determinados planes sociales o políticos, por qué quieren mantener o cambiar instituciones económicas o jurídicas; y sobre todo, rara vez comprenden en sentido científico las leyes del cambio social, las precondiciones materiales y sociales para conservar o cambiar con éxito tales instituciones. De hecho, Marx sostiene que solo con el descubrimiento de los principios fundamentales del materialismo histórico hemos dado un paso adelante significativo hacia la comprensión de esas leyes, sin pretender por ello poder predecir «todos» los desarrollos futuros de la sociedad.
El arado de madera: los límites materiales
El cambio social, las revoluciones y las contrarrevoluciones se producen, además, dentro de constricciones materiales determinadas. El nivel de desarrollo de las fuerzas productivas —esencialmente las herramientas y las capacidades humanas, incluidos sus efectos sobre la fertilidad del suelo— limita las posibilidades de cambio institucional. El trabajo esclavo se ha revelado en gran medida incompatible con el sistema fabril basado en las máquinas contemporáneas. El socialismo no podría construirse de manera duradera sobre la base del arado de madera y el torno de alfarero. Una revolución social amplía por lo general el margen para el desarrollo de las fuerzas productivas y conduce de manera trascendental al progreso social en la mayoría de los campos de la actividad humana. Del mismo modo, se inaugura una época de crisis social profunda cuando hay un conflicto creciente entre el modo de producción predominante —el orden social existente— por un lado, y el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas por otro. Esa crisis social se manifestará entonces en todos los grandes campos de la actividad social: la política, la ideología, la moral y el derecho, así como en el ámbito de la vida económica propiamente dicha.
El materialismo histórico proporciona con ello una vara de medir el progreso humano: el crecimiento de las fuerzas productivas, mensurable a través del crecimiento de la productividad media del trabajo, y del número, la longevidad y la destreza de la especie humana. Esa vara de medir no abstrae en modo alguno de las precondiciones naturales para la supervivencia y el crecimiento humanos, en el sentido más amplio del concepto. Tampoco abstrae del carácter condicional y parcial de tal progreso, en términos de organización social y de alienación individual.
La libertad se mide en tiempo libre
En última instancia, desde el punto de vista del materialismo histórico, la división de la sociedad en clases sociales antagónicas supone una limitación inevitable de la libertad humana. Para Marx y Engels, la verdadera vara de medir la libertad humana, es decir, la riqueza humana, no es el «trabajo productivo»; este solo crea la precondición material de esa libertad. La verdadera vara de medir es el tiempo libre, no en el sentido de «tiempo para no hacer nada», sino en el sentido de tiempo liberado de la necesidad férrea de producir y reproducir el sustento material, y por tanto disponible para el desarrollo libre y omnilateral de los talentos, los deseos, las capacidades y las potencialidades de cada ser humano.
Mientras la sociedad sea demasiado pobre, mientras los bienes y servicios que satisfacen las necesidades básicas sean demasiado escasos, solo una parte de la sociedad podrá liberarse de la necesidad de dedicar la mayor parte de su vida a «trabajar para ganarse la vida» (es decir, al trabajo forzado en el sentido antropológico y sociológico de la palabra, esto es, en relación con los deseos, las aspiraciones y los talentos, y no con un estatuto jurídico de servidumbre). Eso es esencialmente lo que representa la libertad de las clases dominantes y de sus allegados, a quienes «se paga por pensar», por crear, por inventar, por administrar, porque se han liberado de la obligación de hornear su propio pan, tejer su propia ropa y construir su propia casa.
Una vez que las fuerzas productivas estén lo bastante desarrolladas como para garantizar a todos los seres humanos la satisfacción de sus necesidades básicas mediante un «trabajo productivo» limitado a una fracción menor de la vida (la media jornada o menos), entonces desaparece la necesidad material de la división de la sociedad en clases. Entonces no queda base objetiva alguna para que una parte de la sociedad monopolice la administración, el acceso a la información, el conocimiento, el trabajo intelectual. Por esa razón, el materialismo histórico explica tanto las razones por las que surgieron en la historia las sociedades de clases y las luchas de clases, como las razones por las que desaparecerán en el futuro en una sociedad sin clases de productores asociados que se autoadministran democráticamente.
El Estado y su extinción
El materialismo histórico contiene, por tanto, un intento de explicar el origen, las funciones y la futura extinción del Estado como institución específica, así como un intento de explicar la política y la actividad política en general como expresión de conflictos sociales articulados en torno a intereses sociales distintos (principalmente, aunque no solo, los de las distintas clases sociales; también entran en juego fracciones importantes de clases, así como agrupaciones sociales no clasistas).
Para Marx y Engels, el Estado no es coextensivo con la sociedad humana como tal, ni con la «sociedad organizada» ni siquiera con la «sociedad civilizada» en abstracto; tampoco es el resultado de ningún «contrato social» concluido voluntariamente entre individuos. El Estado es la suma total de aparatos, es decir, de grupos especiales de personas separadas y apartadas del resto —la mayoría— de la sociedad, que se apropian de funciones de naturaleza represiva o integradora que inicialmente ejercían todos los ciudadanos. Ese proceso de alienación se produce en conjunción con la aparición de las clases sociales. El Estado es un instrumento para fomentar, conservar y reproducir una estructura de clases dada, y no un árbitro neutral entre intereses de clase antagónicos.
La aparición de una sociedad sin clases está, por tanto, estrechamente entrelazada, para quienes se adhieren al materialismo histórico, con el proceso de extinción del Estado, es decir, de devolución gradual al conjunto de la sociedad —autogestión, autoadministración— de todas las funciones específicas ejercidas hoy por aparatos especiales, esto es, de la disolución de esos aparatos. Marx y Engels concebían la dictadura del proletariado, la última forma del Estado y del dominio político de clase, como un instrumento para asegurar la transición de la sociedad de clases a la sociedad sin clases. Debería ser ella misma un Estado de tipo especial, que organizara su propia desaparición gradual.
Hemos dicho más arriba que, desde el punto de vista del materialismo histórico, el objeto inmediato de la lucha de clases es el reparto del producto social entre las distintas clases sociales. Incluso la lucha de clases política sirve en último análisis a ese propósito principal; pero cubre además un campo mucho más amplio de conflictos sociales. Como todas las actividades del Estado inciden de algún modo en la estabilidad relativa de una formación social dada, y en el dominio de clase al que está sometida, la lucha de clases puede extenderse a todos los campos de la política, desde la política exterior hasta los problemas educativos y los conflictos religiosos. Esto, naturalmente, hay que demostrarlo mediante un análisis minucioso, y no proclamarlo como axioma o verdad revelada. Cuando se llevan a cabo con acierto, esos ejercicios de análisis de clase y de definición de clase de las luchas políticas, sociales e incluso literarias se convierten en obras impresionantes de explicación histórica, como por ejemplo Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 de Marx, La guerra campesina en Alemania de Engels, Die Lessing-Legende de Franz Mehring o la Historia de la Revolución Rusa de Trotski.
Los subtítulos son nuestros; el original de Mandel va sin divisiones internas.
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Créditos y agradecimientos
Este texto de Ernest Mandel se publicó originalmente en inglés en International Viewpoint con el título «Historical Materialism», el 30 de diciembre de 2003, dentro de la serie «The Basic Theories of Karl Marx». Mandel, economista marxista y dirigente de la Cuarta Internacional durante décadas, murió en 1995.
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Traducción de Topo Rojo. Se trata de una traducción automática revisada, realizada con un modelo de inteligencia artificial personalizado y entrenado con los escritos de militantes de la Cuarta Internacional del siglo XX. Agradeceremos cualquier corrección.


