Presentación
Marx heredó la teoría del valor-trabajo de Ricardo, y ahí es donde casi todo el mundo se detiene. Mandel señala dónde se rompe la continuidad, y la ruptura es de una frase: para Ricardo el trabajo es un numerario, una unidad de cuenta cómoda para sumar trabajo y capital como costes; para Marx el trabajo es el valor. No lo mide: lo constituye.
De ahí sale una definición que conviene leer despacio. El valor de una mercancía es la fracción del potencial total de trabajo de una sociedad que se ha empleado en producirla, a la productividad media vigente en ese momento y en ese sitio, dividida por el número de unidades. Es social, porque lo fija el resultado conjunto de miles de productores y no la destreza de ninguno. Es objetivo, porque queda determinado cuando la producción termina, al margen de lo que opine el comprador. Y es históricamente relativo, porque cambia cada vez que cambia la productividad media de la rama.
Mandel dedica la segunda mitad a las dos objeciones clásicas. La primera es el problema de la reducción: si una hora es una hora, ¿por qué vale más la del trabajo cualificado? Su respuesta es contable y elegante. Adquirir una destreza cuesta tiempo de trabajo, y ese tiempo se imputa. Un obrero sin cualificar dispondría de 120.000 horas de vida laboral; uno cualificado, de 80.000, porque 40.000 se le han ido en formarse. Solo si su hora equivale a hora y media de trabajo simple sigue mereciendo la pena cualificarse.
La segunda es el problema de la transformación, que lleva desde Böhm-Bawerk hasta Steedman sirviendo de pretexto para tirar por la borda toda la teoría. Aquí Mandel es tajante: la suma total de valores es igual a la suma total de precios de producción, y lo único que hace la competencia entre capitales es repartir esa masa de otro modo, transfiriendo plusvalía de las ramas atrasadas a las tecnológicamente avanzadas. Lejos de contradecir la ley del valor, ese trasvase es su modo de funcionar.
Conviene leerlo antes que el texto del domingo siguiente, sobre la plusvalía, porque el segundo no se sostiene sin este.
El texto
Como economista, Marx se sitúa por lo general en la continuidad de la gran escuela clásica de Adam Smith y Ricardo. Debe evidentemente mucho a Ricardo, y mantiene un diálogo constante con ese maestro en la mayoría de sus escritos económicos de madurez.
La ruptura con Ricardo
Marx heredó de la escuela clásica la teoría del valor-trabajo. Aquí la continuidad es aún más pronunciada; pero hay también una ruptura radical. Para Ricardo, el trabajo es esencialmente un numerario, que permite un cómputo común del trabajo y del capital como elementos básicos de los costes de producción. Para Marx, el trabajo es valor. El valor no es más que aquella fracción del potencial total de trabajo existente en una sociedad dada en un periodo determinado —por ejemplo, un año o un mes— que se emplea en la producción de una mercancía dada, a la productividad social media del trabajo existente entonces y allí, dividida por el número total de esas mercancías producidas, y expresada en horas (o minutos), días, semanas o meses de trabajo.
Social, objetivo, históricamente relativo
El valor es, por tanto, esencialmente una categoría social, objetiva e históricamente relativa. Es social porque lo determina el resultado global de los esfuerzos fluctuantes de cada productor individual (bajo el capitalismo, de cada empresa o fábrica individual). Es objetiva porque queda dada una vez terminada la producción de una mercancía determinada, y es así independiente de las valoraciones personales o colectivas de los clientes en el mercado. Y es históricamente relativa porque cambia con cada cambio importante —progreso o retroceso— de la productividad media del trabajo en una rama de producción dada, incluidas la agricultura y el transporte.
Los precios fluctúan alrededor del valor
Esto no implica que el concepto de valor de Marx esté en modo alguno completamente desligado del consumo. Solo significa que la retroalimentación del comportamiento y los deseos de los consumidores sobre el valor está siempre mediada por cambios en la asignación de los insumos de trabajo en la producción, entendiendo el trabajo como subdividido en trabajo vivo y trabajo muerto (pretérito), es decir, herramientas y materias primas. El mercado emite señales a las que reaccionan las unidades productivas. El valor cambia después de esas reacciones, no antes. Los cambios en los precios de mercado pueden producirse, desde luego, con anterioridad a los cambios en el valor. De hecho, los cambios en los precios de mercado se cuentan entre las señales clave que pueden llevar a cambios en la asignación del trabajo entre distintas ramas de producción, es decir, a cambios en las cantidades de trabajo necesarias para producir mercancías dadas. Pero entonces, para Marx, los valores determinan los precios solo básicamente y en el sentido de medio plazo de la palabra. Esa determinación solo aparece con claridad como explicación de los movimientos de precios a medio y largo plazo. En el plazo más corto, los precios fluctúan alrededor de los valores como ejes. Marx nunca pretendió negar la operación de las leyes del mercado, de la ley de la oferta y la demanda, en la determinación de esas fluctuaciones a corto plazo.
La ley del valor como «mano invisible»
La «ley del valor» no es sino la versión de Marx de la «mano invisible» de Adam Smith. En una sociedad dominada por el trabajo privado, los productores privados y la propiedad privada de los insumos productivos, es esa «ley del valor», una ley económica objetiva que opera a espaldas de todas las personas, de todos los «agentes» implicados en la producción y el consumo, la que en último análisis regula la economía, determina qué se produce y cómo se produce, y por tanto también qué puede consumirse. La «ley del valor» regula el intercambio entre mercancías según las cantidades de trabajo abstracto socialmente necesario que incorporan, es decir, la cantidad de ese trabajo gastada en su producción. Al regular el intercambio entre mercancías, la «ley del valor» regula también, tras cierto intervalo, la distribución del potencial de trabajo de la sociedad y de sus recursos productivos no vivos entre las distintas ramas de producción. De nuevo, la analogía con la «mano invisible» de Smith es llamativa.
La crítica de Marx al concepto de «mano invisible» no se detiene esencialmente en el análisis de cómo funciona de hecho una economía de mercado. Insistiría sobre todo en que ese funcionamiento no es eterno, no es inmanente a la «naturaleza humana», sino creado por circunstancias históricas específicas, producto de una manera particular de organización social, y llamado a desaparecer en alguna etapa de la evolución histórica como apareció en una etapa anterior. Y subrayaría también que esa «mano invisible» no conduce ni al máximo crecimiento económico ni al óptimo bienestar humano para el mayor número de individuos; es decir, subrayaría el elevado precio económico y social que la humanidad ha tenido que pagar, y sigue pagando, por el innegable progreso que la economía de mercado produjo en una etapa dada de la evolución histórica.
Trabajo abstracto e igualdad entre productores
La fórmula «cantidades de trabajo humano abstracto» se refiere al trabajo considerado estrictamente como fracción del potencial total de trabajo de una sociedad dada en un momento dado; pongamos un potencial de 2.000 millones de horas al año (un millón de productores potenciales, cada uno supuestamente capaz de trabajar 2.000 horas anuales). Implica por tanto hacer abstracción del oficio u ocupación específicos de un productor o productora dados, no valiendo el producto de una jornada de trabajo de un tejedor ni más ni menos que el de un campesino, un minero, un albañil, una sombrerera o una costurera. En la base de ese concepto de «trabajo humano abstracto» hay una condición social, un conjunto específico de relaciones sociales de producción en las que los pequeños productores independientes son esencialmente iguales. Sin esa igualdad, la división social del trabajo, y con ella la satisfacción de las necesidades básicas de consumo, quedarían seriamente en peligro bajo esa organización concreta de la economía. Tal igualdad entre pequeños propietarios y productores de mercancías se transforma después, bajo el modo de producción capitalista, en una igualdad entre propietarios de capital.
El problema de la reducción
Pero el concepto de homogeneidad del trabajo humano productivo, que subyace al de «trabajo humano abstracto» como esencia del valor, no implica una negación de la diferencia entre trabajo cualificado y no cualificado. De nuevo: negar esa diferencia llevaría al derrumbe de la necesaria división del trabajo, como lo haría cualquier heterogeneidad básica de los insumos de trabajo en distintas ramas de producción. Entonces no compensaría adquirir destrezas: la mayoría desaparecerían. Así que la teoría del valor-trabajo de Marx conduce, de manera internamente coherente, a la conclusión de que una hora de trabajo cualificado representa más valor que una hora de trabajo no cualificado; pongamos que representa el equivalente de 1,5 horas de trabajo no cualificado. La diferencia resultaría de la imputación del trabajo que cuesta adquirir la cualificación dada. Mientras que un obrero no cualificado tendría un potencial de trabajo de 120.000 horas a lo largo de su vida adulta, un obrero cualificado solo tendría un potencial de 80.000 horas, empleándose 40.000 en adquirir, mantener y desarrollar su cualificación. Solo si una hora de trabajo cualificado incorpora el mismo valor que 1,5 horas de trabajo no cualificado se mantendrá la igualdad de todos los «agentes económicos» en esas circunstancias; es decir, solo así «compensará» económicamente adquirir una cualificación.
Marx mismo nunca se detuvo extensamente en esta solución del llamado problema de la reducción. Sigue siendo, en efecto, una de las partes más oscuras de su teoría económica general. Ha dado lugar a cierta controversia, por lo común bastante moderada. Mucho más calor ha generado otra faceta de la teoría del valor-trabajo de Marx: el llamado problema de la transformación. De hecho, desde Böhm-Bawerk, que escribía hace un siglo, hasta las contribuciones recientes de Sraffa (1960) y Steedman (1977), el modo en que Marx abordó la transformación de los valores en «precios de producción» en el libro tercero de El capital ha sido considerado por muchos de sus críticos como el problema principal de su «sistema», además de como razón para rechazar de plano la teoría del valor-trabajo.
El problema de la transformación
El problema surge de la modificación evidente en el funcionamiento de una economía de mercado cuando la producción mercantil capitalista sustituye a la producción mercantil simple. En la producción mercantil simple, con una tecnología por lo general estable y herramientas estables o fácilmente reproducibles, el trabajo vivo es la única variable de la cantidad y la subdivisión de la producción social. La movilidad del trabajo es el único factor dinámico de la economía. Como señaló Engels en su Apéndice al libro tercero de El capital, en una economía así las mercancías se intercambiarían a precios inmediatamente proporcionales a los valores, a los insumos de trabajo que incorporan.
Pero bajo el modo de producción capitalista esto ya no es así. La toma de decisiones económicas no está en manos de los productores directos. Está en manos de los empresarios capitalistas en el sentido amplio de la palabra, desempeñando los banqueros —distribuidores de crédito— un papel central en esa toma de decisiones, junto a los empresarios del sector productivo propiamente dicho. Las decisiones de inversión, es decir, las decisiones de crear, ampliar, reducir o cerrar empresas, determinan la vida económica. Es la movilidad del capital, y no la movilidad del trabajo, la que se convierte en fuerza motriz de la economía. La movilidad del trabajo pasa a ser esencialmente un epifenómeno de la movilidad del capital.
La producción capitalista es producción para el beneficio. La movilidad del capital viene determinada por los diferenciales de beneficio existentes o esperados. El capital abandona las ramas —países, regiones— con beneficios o expectativas de beneficio menores, y fluye hacia aquellas con beneficios mayores. Esos movimientos conducen a una igualación de la tasa de beneficio entre distintas ramas de producción. Pero unos rendimientos aproximadamente iguales sobre todo el capital invertido, al menos en condiciones de «libre competencia» predominante, coexisten con proporciones desiguales de insumos de trabajo en esas distintas ramas. Hay así una disparidad entre el valor directo de una mercancía y su «precio de producción», definido este último por Marx como la suma de los costes de producción (costes de capital fijo y materias primas más salarios) y la tasa media de beneficio multiplicada por el capital empleado en esa producción.
El llamado «problema de la transformación» se refiere a la cuestión de si puede establecerse pese a todo una relación entre el valor y esos «precios de producción», cuál es el grado de coherencia o incoherencia de esa relación con la «ley del valor», la teoría del valor-trabajo en general, y cuál es la manera cuantitativa correcta de expresar esa relación, si es que existe.
Dejaremos aquí de lado el último aspecto del problema, al que se ha dedicado recientemente un análisis extenso. Desde el punto de vista de Marx, no hay incoherencia entre la formación de los «precios de producción» y la teoría del valor-trabajo. Tampoco es cierto que tropezara con esa supuesta dificultad cuando empezó a preparar el libro tercero de El capital, es decir, a ocuparse de la competencia capitalista, como han sostenido varios críticos. De hecho, su solución del problema de la transformación está ya presente en los Grundrisse, antes incluso de que empezara a redactar el libro primero.
La suma total del valor producido en un país dado durante un lapso de tiempo dado —por ejemplo, un año— viene determinada por la suma total de los insumos de trabajo. La competencia y los movimientos de capital no pueden alterar esa cantidad. La suma total de los valores equivale a la suma total de los «precios de producción». El único efecto de la competencia y la movilidad del capital es redistribuir esa suma dada —y ello mediante una redistribución de la plusvalía— entre distintos capitales, en beneficio de unos y a expensas de otros.
Por qué la transferencia no contradice la ley
Ahora bien, esa redistribución no se produce de manera azarosa o arbitraria. Esencialmente, el valor —la plusvalía— se transfiere desde las ramas técnicamente menos avanzadas hacia las ramas tecnológicamente más avanzadas. Y aquí el concepto de «cantidades de trabajo socialmente necesario» adquiere todo su sentido, en las condiciones de revoluciones constantes de la tecnología productiva que caracterizan al modo de producción capitalista. Las ramas con tecnología inferior a la media —con una composición orgánica del capital inferior a la media— pueden considerarse como despilfarradoras de trabajo socialmente necesario. Parte del trabajo gastado en la producción en su ámbito no es compensado, por tanto, por la sociedad. Las ramas con tecnología superior a la media pueden considerarse ahorradoras de trabajo social; sus insumos de trabajo pueden considerarse entonces más intensivos que la media, incorporando más valor. De este modo, la transferencia de valor —de plusvalía— entre distintas ramas, lejos de estar en contradicción con la ley del valor, es precisamente la manera en que esta opera y debe operar en condiciones de «igualdad capitalista», dada la presión del cambio tecnológico acelerado.
En cuanto a la inconsistencia lógica que a menudo se supone hallar en el método de Marx para resolver el «problema de la transformación» —planteada por primera vez por von Bortkiewicz en 1907—, se basa, en nuestra opinión, en un malentendido. Se alega que en sus «esquemas de transformación», o tablas, Marx calcula los insumos en «valores» y los productos en «precios de producción», omitiendo así el efecto de retroalimentación de estos sobre aquellos. Pero ese efecto de retroalimentación es irreal e innecesario, una vez que se reconoce que los insumos son esencialmente datos. Los movimientos de capital posteriores a la compra de maquinaria o materias primas, incluidas las subidas y bajadas de los precios de los productos acabados fabricados con esas materias primas, no pueden alterar los precios, ni por tanto los beneficios, de dicha maquinaria y dichas materias primas, en ventas que ya se han producido. Lo que los críticos presentan como una inconsistencia entre «valores» y «precios de producción» no es más que el reconocimiento de dos marcos temporales, dos ciclos, distintos en los que se ha alcanzado la igualación de la tasa de beneficio: uno primero para los insumos y otro segundo, posterior, para los productos.
Los subtítulos son nuestros; el original de Mandel va sin divisiones internas.
Créditos y agradecimientos
Este texto de Ernest Mandel se publicó originalmente en inglés en International Viewpoint con el título «Marx’s Labour Theory of Value», el 30 de diciembre de 2003, dentro de la serie «The Basic Theories of Karl Marx». Mandel, economista marxista y dirigente de la Cuarta Internacional durante décadas, murió en 1995.
Agradecemos de corazón a International Viewpoint su generosidad al permitirnos traducir y republicar su material. International Viewpoint se publica bajo la responsabilidad del Buró de la Cuarta Internacional y se sostiene con donaciones: si este texto te ha resultado útil, considera apoyarles. Sin su trabajo de archivo, la mayor parte de esta tradición seguiría siendo inaccesible.
Quienes lean International Viewpoint pueden acceder también a sus publicaciones hermanas: Punto de vista internacional, en castellano; Inprecor, en francés; y مراسلات أممية, en árabe.
Traducción de Topo Rojo. Se trata de una traducción automática revisada, realizada con un modelo de inteligencia artificial personalizado y entrenado con los escritos de militantes de la Cuarta Internacional del siglo XX. Agradeceremos cualquier corrección.


