Publicado en inglés como «What Is the Theory of Permanent Revolution?», International Marxist Review, vol. 2, n.º 1, verano de 1986, pp. 8-19. Traducción al castellano: Red Mole Archives, octubre de 2026, a partir del texto inglés (fipublications.redmole.org); la nota 1, incompleta en ese texto, se ha restablecido a partir del escaneo. La terminología sigue el uso de la edición castellana de Inprecor («transcrecimiento», «sobreproducto social», «dualidad de poderes», «alianza obrero-campesina»).
Desde hace ochenta años, la teoría de la revolución permanente es objeto de un debate permanente en el seno del movimiento obrero y revolucionario internacional. Se le han dedicado gran número de artículos y libros. Un número considerable de revoluciones y contrarrevoluciones se han producido en los países menos desarrollados del mundo, en los que esta teoría ha podido ponerse a prueba a la luz del desarrollo histórico real. Pero, como ha ocurrido tantas veces en la historia de la teoría y de la política marxistas, los términos inicialmente claros de la teoría se han ido oscureciendo cada vez más por cuestiones secundarias, cuando no por auténticas deformaciones, fruto de las necesidades políticas, las confusiones o los prejuicios de los polemistas. (Un precedente histórico que viene enseguida a la mente es la teoría del Estado de Marx y Engels.)
Ante el nuevo debate1 que se desarrolla actualmente en torno a la teoría de la revolución permanente, en el que se la acusa de haber legitimado estrategias y tácticas esencialmente ultraizquierdistas, parece útil exponer de nuevo, de la forma más clara y concisa posible, los temas fundamentales de la teoría tal como la fue desarrollando León Trotsky en sus principales escritos sobre la cuestión, a saber: Resultados y perspectivas (1906); El proletariado y la revolución rusa (1907); 1905 (1909); De la Revolución de Octubre a la paz de Brest-Litovsk (1918); el prólogo a Resultados y perspectivas (1919); el prólogo a 1905 (1922); Problemas de la vida cotidiana (1923); La Tercera Internacional después de Lenin (1928); La revolución permanente (1930); Historia de la Revolución Rusa (1931-1932); la introducción a La tragedia de la revolución china de Harold Isaacs (1938); El Programa de Transición (1938); Tres concepciones de la revolución rusa (1940).
Extendemos estas tesis a algunos problemas históricos nuevos surgidos después de la muerte de Trotsky, sobre todo la cuestión de las armas nucleares. No citamos los sucesivos escritos de Trotsky, cuyas posiciones sobre la revolución permanente evolucionaron evidentemente con el tiempo, aunque su tesis principal estuviera ya formulada en lo esencial desde 1906. Tomamos la teoría en su totalidad, tal como cobró su forma definitiva en el periodo 1933-1940.
1
En la época imperialista, la plena realización de las tareas históricas de la revolución nacional-democrática en los países menos desarrollados es imposible sin la conquista del poder político por la clase obrera apoyada por el campesinado pobre, es decir, sin la destrucción del Estado burgués (o del antiguo Estado de la clase dominante) y el establecimiento de la dictadura del proletariado.
Esta tesis se basa en las siguientes proposiciones:
1.1) En los países menos desarrollados, las tareas pendientes de la revolución nacional-democrática no son solo políticas: derrocamiento de dictaduras absolutistas, semifeudales o de otro tipo; plena conquista de la democracia política; independencia nacional frente al imperialismo; liberación nacional de las nacionalidades oprimidas; constitución de la nación unificada; apropiación nacional de los recursos naturales y de las grandes empresas en manos del capital extranjero, etc. Son también sociales y económicas: revolución agraria; creación de un mercado nacional unificado; eliminación de todos los grandes obstáculos en el camino de la industrialización y de la modernización general del país. En este sentido, de ningún modo puede decirse que la revolución de febrero de 1917 realizara, con el derrocamiento del zarismo, las principales tareas pendientes de la revolución nacional-democrática en Rusia. Estas solo se realizaron con la revolución de Octubre.
1.2) El poder del Estado burgués es un obstáculo para la plena realización de las tareas pendientes de la revolución nacional-democrática en los países menos desarrollados, no solo por razones funcionales —como, por ejemplo, la incapacidad o el miedo de la burguesía a movilizar suficientemente a las masas—, sino por razones de antagonismo social y económico entre sus intereses y los de la gran masa del pueblo. En última instancia, esto resulta del funcionamiento de la ley del desarrollo desigual y combinado, es decir, de la estructura socioeconómica objetiva de esos países, que combina cada vez más, aunque de manera «conflictiva», la propiedad terrateniente, la propiedad industrial y la propiedad bancaria, la propiedad capitalista «nacionalista» y la propiedad imperialista extranjera.
1.3) En los países menos desarrollados no puede existir ningún poder estatal «intermedio» o «combinado» entre el de la burguesía (o de las antiguas clases dominantes), por un lado, y el poder estatal proletario apoyado por el campesinado pobre, por otro. Más precisamente, el campesinado no puede desempeñar un papel independiente en el terreno del gobierno y del poder del Estado a escala nacional, aunque sin duda puede constituir la mayoría de los participantes en el proceso revolucionario en varios países menos desarrollados. Está históricamente condenado a seguir a la burguesía o a seguir al proletariado. En todos los países menos desarrollados, el establecimiento de la alianza obrero-campesina es una condición previa indispensable para la victoria de la revolución. Pero esta alianza solo puede conducir a la victoria si se establece firmemente la hegemonía del proletariado sobre el campesinado, es decir, si la revolución conduce al establecimiento de la dictadura del proletariado.
1.4) La teoría de la revolución permanente es a la vez una explicación de lo que realmente sucede durante las revoluciones en los países menos desarrollados y de lo que es necesario para el triunfo de esas revoluciones. En esencia, por tanto, la teoría de la revolución permanente corresponde a la vez a un proceso histórico real de revolución y a una estrategia necesaria para llevar ese proceso a buen término. Aunque la revolución comienza por lo general con una lucha por tareas nacionales y democráticas (aunque también puede comenzar con la cuestión de la paz), como reivindicaciones principales (pero no necesariamente únicas) de los explotados y los oprimidos, solo puede triunfar mediante la destrucción del poder del Estado burgués y el establecimiento de la dictadura del proletariado.
1.5) El hecho de que la realización plena y completa de las tareas pendientes de la revolución nacional-democrática en los países menos desarrollados sea imposible no significa ni que la realización parcial de algunas de esas tareas (la independencia formal o una reforma agraria parcial, por ejemplo) sea imposible sin la dictadura del proletariado, ni que la dictadura del proletariado sea posible en todos los países. En algunos países menos desarrollados, donde el proletariado es demasiado débil o apenas existe, evidentemente no puede plantearse el establecimiento de su «dictadura». Esto implica simplemente que en esos países no habrá posibilidad, por ahora, de realizar plenamente las tareas históricas de la revolución nacional-democrática, y que incluso en las mejores circunstancias su realización seguirá siendo fragmentaria, azarosa y deformada. Por supuesto, esta no es una razón para abandonar la lucha revolucionaria contra el imperialismo, el neocolonialismo y la opresión, ni siquiera en los países más atrasados.
2
La conquista del poder político por la clase obrera en los países menos desarrollados es imposible sin que el proletariado (y su partido o sus partidos) conquiste la hegemonía nacional convirtiéndose en el dirigente político reconocido de la nación, es decir, sin llevar a cabo la «reconstrucción de la nación bajo la dirección del proletariado» (Trotsky).
Esta tesis se basa en las siguientes proposiciones:
2.1) Las tareas nacionales y democráticas de la revolución —tal como se han especificado más arriba— constituyen una verdadera prioridad central durante las primeras etapas del proceso revolucionario. El conjunto de los explotados y los oprimidos reconoce por lo general esta prioridad y actúa en consecuencia. Esto no significa que todas esas tareas tengan el mismo peso a la hora de determinar las movilizaciones de masas, ni que todos los sectores del movimiento de masas adopten las mismas preocupaciones centrales. Tampoco implica que, en esa primera etapa del proceso revolucionario, no puedan pasar a primer plano en la lucha de masas otras tareas que las nacional-democráticas. Con todo, la centralidad de las tareas nacional-democráticas corresponde a realidades políticas como la lucha por derrocar dictaduras reaccionarias o represivas, el combate por conquistar la independencia nacional cuando esta bandera se enarbola ampliamente, o la revolución agraria cuando un sector importante del campesinado se levanta ya para conquistar la tierra.
2.2) El proletariado no es la única clase social que participa en las luchas de masas, y desde luego no es la única clase que apoya políticamente los objetivos nacional-democráticos centrales en las primeras etapas del proceso revolucionario. El campesinado, los pobres urbanos (semiproletariado) y la pequeña burguesía urbana serán esencialmente sus aliados naturales en la lucha. Este proceso puede y debe expresarse en frentes únicos políticos u otras alianzas en los que el proletariado y su partido (o partidos) luchen por la hegemonía política. Esta es la forma concreta en que se desarrolla la «reconstrucción de la nación bajo la dirección del proletariado», ya que esas clases sociales constituyen la inmensa mayoría de las masas populares de cualquier país.
2.3) El proceso concreto de formación de esas alianzas y esos frentes —sobre todo el de la alianza obrero-campesina— no puede determinarse de antemano con criterios puramente objetivos. Depende de los alineamientos políticos concretos en cada país, que a su vez son función de su historia pasada, de los distintos niveles de conciencia de la clase obrera y de las demás fuerzas sociales que participan en la lucha de liberación, del peso del partido de vanguardia revolucionaria de la clase obrera y de su capacidad para organizar y dirigir a amplias masas, incluido el campesinado. Pero aunque se han dado muchas variantes de tales alianzas, no hay en la historia ningún ejemplo de una burguesía «nacional» o «liberal» que haya aceptado la dirección política del proletariado y de su partido (o partidos). Por consiguiente, una lucha victoriosa por la realización completa de la revolución nacional-democrática implica una educación sistemática de los obreros, los campesinos y los pobres urbanos en oposición a la burguesía y a sus partidos políticos; una educación sistemática de las masas en la idea de que la burguesía no quiere ni puede llevar a cabo una ruptura completa con el imperialismo, una reforma agraria radical y la plena democratización política del país.
2.4) Allí donde partidos burgueses nacionalistas o pequeñoburgueses nacionalistas fuertes cuentan con un amplio apoyo popular, es imposible una lucha victoriosa por la hegemonía proletaria en el proceso revolucionario si esa educación y esa denuncia sistemáticas no se combinan con una orientación de frente único. Esta política debe incluir el apoyo crítico a todas las propuestas y a todos los pasos prácticos que esos partidos puedan dar en el sentido de la realización de las reivindicaciones populares nacional-democráticas. Una orientación de frente único así no tiene nada de oportunista ni de colaboración de clases, siempre que:
el proletariado conserve su independencia de clase organizativa y política;
no se le deseduque con una propaganda que presente a esas fuerzas políticas burguesas o de clase media como «socialistas» o «anticapitalistas»;
no se le llame a frenar sistemáticamente las movilizaciones de masas y la autoorganización, cada vez que estas respondan al verdadero estado de ánimo y a las aspiraciones de las masas trabajadoras;
no se le lleve a subordinar la realización y la consolidación de la alianza obrero-campesina al objetivo de evitar un conflicto con la burguesía «nacional» o con los nacionalistas pequeñoburgueses;
no contemple ninguna participación en un gobierno de coalición, ni ningún apoyo exterior a un gobierno así, ni de ninguna otra manera mantenga o apuntale el Estado burgués y la dominación de clase burguesa.
3
El proletariado no puede conquistar el poder del Estado, ni siquiera en los países menos desarrollados, sin defender sus propios intereses de clase. Esto significa que, tras haber conquistado el poder del Estado luchando ante todo por reivindicaciones nacionales y democráticas, aplicará desde el principio al menos algunas medidas socialistas, anticapitalistas, por las que en general habrá empezado a luchar antes de la victoria de la revolución. Entre esas medidas iniciales y la realización a gran escala de las tareas socialistas habrá cierto plazo, pero no un plazo indefinido. La duración de ese plazo depende de circunstancias objetivas y subjetivas (el ritmo y las formas concretas de la lucha de clases y sus necesidades prácticas son las más importantes de esas limitaciones). El carácter permanente de la revolución se expresa en el hecho de que no hay ninguna «etapa» en la que el proletariado no vaya a luchar, o no deba luchar, por sus propias reivindicaciones anticapitalistas específicas. Tampoco hay ninguna «etapa» en la que la dictadura del proletariado pueda abstenerse, o se vaya a abstener, de aplicar al menos algunas de sus reivindicaciones. La revolución «transcrece» de la lucha por reivindicaciones nacionales y democráticas en revolución socialista, sin ninguna interrupción de la continuidad.
Esta tesis se basa en las siguientes proposiciones:
3.1) La lucha de los obreros por sus propias reivindicaciones de clase, incluidas las anticapitalistas, es un aspecto de la lucha de clases real que se despliega en los países menos desarrollados durante la crisis revolucionaria. No es un «prejuicio dogmático» de los «trotskistas». La alternativa no es «desencadenar prematuramente» esa lucha o no hacerlo. La alternativa es dirigir y apoyar conscientemente el movimiento real de emancipación de la clase obrera durante la revolución, u oponerse activamente a él, incluso mediante la represión. Por ello, la teoría y la estrategia de la revolución permanente están indisolublemente entrelazadas con la teoría marxista de la autoemancipación y la autoorganización de la clase obrera. Los revolucionarios pueden y deben intentar conducir al proletariado por el camino correcto hacia la conquista del poder del Estado, desarrollando todas las tácticas y alianzas necesarias para alcanzar ese objetivo. Pero nunca deben subordinar la defensa de los intereses de clase del proletariado ni el apoyo a sus movilizaciones independientes a supuestas «prioridades políticas» o «necesidades históricas». Esa fue la conducta práctica de Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburg en todas las revoluciones en las que participaron o de las que fueron testigos. Una actitud diferente, como la que mostraron primero los socialdemócratas y después los protoestalinistas, los estalinistas y los posestalinistas, es uno de los aspectos clave de una ruptura con la política de clase proletaria, y expresa los intereses particulares de las burocracias obreras.
3.2) No puede haber ruptura en la continuidad del poder del Estado, y por tanto del carácter de clase del gobierno, entre la aplicación de las llamadas tareas «democráticas» y de las llamadas tareas «socialistas» (¡lo que, por supuesto, no se refiere a la composición concreta del gobierno!). Es el mismo poder estatal el que aplica unas y otras. La idea de que un Estado burgués podría aplicar siquiera las medidas iniciales de la revolución socialista es una caricatura monstruosa del marxismo, que no se apoya en ningún hecho histórico. Como la idea de que se podría pasar de un Estado burgués a un Estado proletario, del poder de clase de la burguesía al poder de clase del proletariado, sin una verdadera revolución social y política, representa la quintaesencia del revisionismo reformista. Lo que sí es posible es la coexistencia en un país dado, durante cierto tiempo, de órganos de poder de dos clases antagónicas, es decir, una situación de dualidad de poderes bajo diferentes formas. Pero la dualidad de poderes siempre se refiere a órganos distintos de clases distintas, no a un único ejército obrero-burgués «combinado» ni a un único aparato de Estado burgués-obrero «combinado».
3.3) El transcrecimiento de la revolución, desde la realización de tareas nacionales y democráticas hasta la realización de tareas socialistas, es un proceso histórico concreto (el proceso de la revolución permanente en su primer aspecto). Es imposible determinar de antemano en cada país, solo con «criterios objetivos», el ritmo y el alcance de la combinación de las tareas de la revolución: el porcentaje del proletariado en la población activa, el grado de diferenciación del campesinado, el peso relativo de la ciudad frente al campo, etc. Entre los principales factores determinantes reales están las realidades de la lucha de clases, que son a la vez objetivas y subjetivas e incluyen, entre otros elementos, la lógica interna de la movilización de masas: la necesidad de mantener y elevar un alto nivel de participación de masas, de autoactividad de masas y de conciencia de clase de los trabajadores y los oprimidos.
3.4) La estrategia de la revolución permanente expresa también el hecho de que un poder estatal proletario no puede seguir el camino de la construcción de una economía capitalista, ni puede realizar la utopía de una vía o de una economía «no capitalista y a la vez no socializada». Esto es imposible en la práctica. Es además incompatible con una defensa consecuente de los intereses cotidianos de la clase obrera. Aunque es posible tener un sector privado bastante grande en una economía socializada, como es posible tener un sector nacionalizado bastante grande en una economía capitalista, en última instancia o manda el Estado proletario (incluso por medios despóticos contra la burguesía, lo que no presupone necesariamente democracia para la clase obrera) o manda la ley del valor. En el primer caso hay ruptura con el capitalismo. En el segundo hay (re)integración en el mercado mundial capitalista. Puede pasar algún tiempo antes de que la lucha entre las dos tendencias se resuelva, pero desde luego no un periodo ilimitado, ni siquiera décadas.
3.5) La cuestión de la socialización gradual de la economía —dirigida conscientemente por la autoactividad proletaria, o por el poder del Estado proletario (incluso burocratizado), o por diversas combinaciones de ambos, como nos ha mostrado la historia— es completamente distinta de la de la realización plena de una sociedad socialista sin clases. La primera es condición necesaria pero no suficiente de la segunda. Del mismo modo, como entendían todos los marxistas clásicos, la desaparición completa de la propiedad privada, en particular la de los pequeños campesinos, los artesanos, los talleres de reparación, los pequeños negocios de servicios, etc., puede llevar décadas si el proletariado quiere evitar tensiones, conflictos y divisiones internas sociales y políticas innecesarias. Y ello siempre que se hayan cumplido todas las condiciones para desarrollar el sector socializado de la economía y para satisfacer las necesidades materiales y morales básicas de las masas trabajadoras. La desaparición de la propiedad privada no implica por sí misma, automáticamente, que ya exista una sociedad sin clases.
4
El proceso de la revolución en el siglo XX comienza en el terreno nacional, se despliega en la arena internacional y solo puede completarse con la victoria mundial de la revolución socialista, o al menos con su victoria en todos los países principales del mundo («principales» tanto por su población como por su peso económico, militar y político concreto).
Esta tesis se basa en las siguientes proposiciones:
4.1) El carácter mundial de la economía en la época del imperialismo, el peso del mercado mundial y la influencia de ese mercado sobre todos los países, incluidos los que han derrocado el poder de clase nacional de la burguesía. Los Estados obreros pueden liberarse de la dominación de la ley del valor y del mercado mundial; no pueden liberarse de su influencia sino estableciendo un nivel cualitativamente superior de productividad del trabajo y de satisfacción de las necesidades de consumo que el de los países capitalistas más avanzados. Es absolutamente utópico creer que esto podría lograrse en un solo país o en un número reducido de países, sobre todo si entre ellos no figuran los más desarrollados desde el punto de vista de la industria, de la técnica, de la cualificación y la cultura de los trabajadores, y de las ventajas de que gozan esos países gracias a la división internacional del trabajo.
4.2) La internacionalización de la lucha de clases y de la política en la época del imperialismo no es sino la expresión concentrada del carácter mundial de la economía. Se manifiesta tanto en la repetición regular de guerras internacionales (dos guerras mundiales e innumerables guerras «locales») como en la tendencia de todas las guerras civiles desde 1917 a convertirse en guerras civiles internacionales, con la intervención sistemática de potencias capitalistas extranjeras contra los intentos del proletariado de conquistar, consolidar y mantener su poder estatal. La internacionalización de la lucha de clases tiende cada vez más a imponerse incluso en tiempos «pacíficos», incluso en luchas «esencialmente» económicas, aunque no se trata de una tendencia mecánica que se manifieste en todos los países, en todos los momentos y en todas las luchas en el mismo grado. De hecho, el retraso del proletariado internacional en responder con eficacia al alto grado de internacionalización de las operaciones, los designios y los proyectos de los capitalistas es un obstáculo creciente en el camino de las luchas obreras victoriosas, incluso en el terreno sindical cotidiano, por no hablar de las tareas históricas de la revolución proletaria.
4.3) De ello se sigue que es imposible llevar a término la construcción de una sociedad socialista sin clases, con la extinción del Estado (la primera fase del comunismo), en un solo país o en un número reducido de países, en la medida en que entre ellos no figuren los más industrializados. La presión del mercado mundial (incluida la presión de las nuevas demandas de consumo y del «consumismo» en general), así como la persistencia de las amenazas y presiones militares y políticas del imperialismo, hacen imposible lograr la desaparición de la escasez en uno o en un número reducido de países, y sin ella la extinción de las clases sociales y del Estado es irrealizable. La teoría revisionista de Stalin sobre la posibilidad de culminar la construcción del socialismo en un solo país no solo se opone a la concepción clásica de Marx y Lenin sobre la necesidad de un desarrollo internacional de la revolución proletaria; se opone sobre todo a su concepción clásica de la sociedad socialista. Es un intento de legitimar una sociedad con una desigualdad social y unas tensiones sociales crecientes, un aparato de Estado cada vez más reforzado, un monopolio del ejercicio del poder y del control de los medios de producción y del excedente social en manos de una capa social privilegiada (la burocracia), combinado con la exclusión completa de los obreros y de los campesinos trabajadores del ejercicio real del poder del Estado. Esta sociedad se presenta a la clase obrera mundial como «socialista» o como el «socialismo realmente existente». En realidad es una racionalización de la dictadura de la burocracia.
4.4) La imposibilidad de culminar la construcción de una sociedad socialista en un solo país, o en un número reducido de países, no significa que, una vez que el proletariado ha conquistado el poder del Estado, él y los demás Estados obreros tengan que esperar nuevas revoluciones victoriosas para poder avanzar hacia el socialismo. Un proceso de revolución permanente continúa después de la victoria de la revolución socialista. Continúa en el interior de los Estados obreros tanto como en la arena internacional. Si el ejercicio del poder del Estado ha sido usurpado por una burocracia privilegiada, este proceso pasa necesariamente por la fase de una nueva revolución política antiburocrática. Si no se ha producido tal usurpación —si la clase obrera puede ampliar mediante reformas su ejercicio real del poder del Estado y su poder de disponer del sobreproducto social y de los medios de producción decisivos—, entonces esta etapa específica de la revolución permanente adoptará formas esencialmente pacíficas. Habrá una restricción gradual de la economía de mercado y monetaria, un declive gradual de la pequeña producción y la pequeña propiedad mercantiles, un paso a etapas sucesivamente superiores de una gestión obrera planificada y democráticamente centralizada, y una reducción gradual del aparato del Estado en favor del ejercicio directo del poder por órganos democráticos de autoadministración. Los pasos concretos hacia la realización de estos objetivos dependen de una serie de condiciones objetivas y subjetivas, entre las cuales el peso relativo del proletariado, su nivel de cultura y de conciencia de clase y la política correcta del partido de vanguardia tienen una importancia clave.
4.5) La estrategia de la revolución permanente implica que, en ninguna circunstancia, las posibles extensiones de la revolución proletaria a nuevos países deben subordinarse a la prioridad de «defender los bastiones existentes» del socialismo. Al contrario, cada nueva revolución victoriosa debe considerarse la forma más eficaz de defender el o los Estados obreros existentes. No puede construirse ninguna contradicción entre los intereses del proletariado (o del Estado proletario) de un país y los de otros países. Semejante contradicción carece de fundamento material. Lo que sí tiene un fundamento material es la contradicción entre los intereses de las burocracias obreras (incluidas las de los Estados obreros) y los intereses de la clase obrera, tanto los de su propio país como los del proletariado mundial.
4.6) Lo que se opone al dogma del «socialismo en un solo país» no es el concepto absurdo de «exportar la revolución» mediante «guerras revolucionarias» o «provocando» artificialmente levantamientos revolucionarios que no cuentan con el apoyo de la mayoría de los trabajadores de otros países. Lo que se le opone es una orientación que prepare a la clase obrera y a su vanguardia revolucionaria en otros países para la lucha por el poder en las condiciones favorables en que las crisis profundas de la sociedad burguesa coinciden con estallidos crecientes de acción de masas, que hacen objetivamente posible la conquista del poder por la clase obrera.
5
La victoria de la revolución socialista, no solo en un solo país o en un número reducido de países, sino incluso a escala mundial, es solo el comienzo y no el fin de la revolución social. Aunque la conquista del poder por el proletariado y la abolición de la propiedad privada son requisitos previos necesarios para la construcción de una sociedad sin clases, por sí mismos no bastan para asegurar el establecimiento de relaciones sociales libres de explotación, de opresión y de violencia. La revolución sigue siendo permanente después de su victoria política: una transformación revolucionaria continua de las relaciones de producción fundamentales y de todas las relaciones superestructurales fundamentales (familia, cultura, ideología/religión, ciencia, artes, ética, modos de comportamiento, etc.) es indispensable para la victoria final del socialismo.
Esta tesis se basa en las siguientes proposiciones:
5.1) Una sociedad socialista presupone un alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y un salto cualitativo en la satisfacción de todas las necesidades racionales de bienes materiales (una saturación de esos bienes, que es la definición marxista, y no idealista, de la abundancia). Pero no hay correspondencia mecánica entre un desarrollo a saltos de la satisfacción de las necesidades básicas de consumo y la creación de relaciones fundamentalmente socialistas en todos los terrenos de la vida social. Las segundas no son el producto automático del primero. Requieren transformaciones revolucionarias específicas en cada terreno de la vida social: unas veces simultáneas, otras en contradicción entre sí, otras complementarias. También en este sentido el proceso de la revolución permanente debe continuar, continuará y de hecho ya ha continuado después de cada revolución socialista victoriosa.
5.2) El desfase entre la conquista del poder por el proletariado y la desaparición de la propiedad privada, por un lado, y el establecimiento de relaciones de producción y de distribución realmente socialistas, por otro, es la fuente más importante de la necesidad de una revolución permanente en la vida social durante el periodo de transición entre el capitalismo y el socialismo. Crea la base material de todas las demás contradicciones. Una de las principales razones de ese desfase, incluso en los países ricos y desarrollados, es el retraso de la conciencia con respecto a la existencia real: el hecho de que el nivel de conciencia es en cierta medida producto del pasado. Hace falta una profunda revolución psicológica para que el trabajo se realice como expresión de necesidades individuales, como autorrealización del individuo, como rico despliegue de cada personalidad, y no a la espera de una recompensa o por miedo a una sanción. Del mismo modo, hace falta una profunda revolución psicológica para que el individuo comprenda que seguir obsesionado con la acumulación continua de bienes materiales, una vez superado un umbral de saturación de las necesidades básicas, es una pérdida de tiempo y una verdadera amenaza para la salud y la supervivencia física de la humanidad. El mero adoctrinamiento no conseguirá ningún resultado duradero en estos terrenos. Son indispensables unas condiciones materiales previas —un alto nivel de autogestión en la producción y un alto grado de satisfacción de los consumidores—, así como transformaciones radicales de la tecnología que subordinen la maquinaria a las necesidades de los productores. Pero antes de que estas revoluciones psicológicas puedan realizarse plenamente habrá una verdadera experimentación revolucionaria, práctica, debate y también conflictos profundos.
5.3) El ejercicio real del poder por la masa de los trabajadores (cada vez más, la masa de los ciudadanos) en la economía y en el Estado presupone un alto nivel de democracia socialista, un poder real para los consejos de trabajadores y populares democráticamente elegidos, y el pluralismo político. Pero para que esas libertades y esos poderes sean sustanciales y no puramente formales, la masa de los trabajadores (de los ciudadanos) debe disfrutar de las condiciones materiales y sociales para el ejercicio efectivo del poder. Esto implica la extinción de la división social del trabajo entre productores y administradores, que a su vez depende sobre todo de dos condiciones previas: una reducción radical de la jornada de trabajo y la supresión revolucionaria de todas las barreras de acceso a la cultura y a la información. En este sentido, una revolución cultural continua, la abolición de todos los monopolios de la cultura y de la comunicación, no solo en el terreno del consumo sino también en el de la producción, es un requisito previo necesario del socialismo. Una revolución radical de las formas y los contenidos de la educación está estrechamente ligada a la revolución cultural.
5.4) Del mismo modo que la realización plena de una sociedad socialista sin clases es imposible en uno o en un pequeño número de países, también lo es la extinción del Estado, la desaparición completa de todos los aparatos burocráticos. Pero esto no implica que, en condiciones de aislamiento de la revolución victoriosa —sobre todo en condiciones económicas, sociales y culturales relativamente atrasadas—, sea imposible evitar una burocratización creciente o una degeneración burocrática del Estado obrero y de la sociedad en su conjunto. Aunque el subdesarrollo favorece sin duda la burocratización, la burocratización creciente no está predestinada, sobre todo una vez superado cierto umbral de industrialización y de educación de los trabajadores. Mucho depende de factores subjetivos, de la experiencia y la realidad de la autoorganización de los obreros y los campesinos pobres, de la comprensión consciente de la naturaleza y los peligros de la burocracia por parte de la vanguardia revolucionaria (en especial de su partido) y de su profundo compromiso con la democracia socialista y la autoorganización obrera.
5.5) En ningún otro terreno es más evidente el desfase entre la revolución socialista victoriosa y el establecimiento de relaciones realmente socialistas que en las relaciones entre naciones, nacionalidades incipientes y grupos étnicos y raciales. Los prejuicios nacionales, el chovinismo y el racismo en todas sus formas sobrevivirán mucho tiempo después de que la burguesía haya perdido el poder y la propiedad. En consecuencia, también sobrevivirán formas de desigualdad nacional, y por tanto de opresión, así como las inevitables reacciones nacionalistas que provocan entre los oprimidos. Sin una revolución en las relaciones entre las naciones, sin una lucha radical constante contra el chovinismo, el racismo y la desigualdad nacional, sin un esfuerzo constante por demostrar solidaridad y cooperación internacionales, sobre todo hacia las nacionalidades oprimidas y más pobres, no podrán superarse estos obstáculos en el camino hacia el socialismo mundial. La necesidad de liberar a la humanidad de la amenaza de las armas nucleares y demás armas de destrucción masiva, mediante la prohibición total y definitiva de su producción, implica también una restricción necesaria de la soberanía nacional, sobre todo de las naciones más ricas y desarrolladas, en interés de toda la humanidad.
5.6) La opresión de las mujeres es la forma más antigua de opresión social, anterior al establecimiento de la sociedad de clases. Por desgracia, sobrevivirá también mucho tiempo después de la abolición del capitalismo, en el periodo de transición entre el capitalismo y el socialismo. Su desaparición radical es una condición previa necesaria para la victoria de relaciones realmente socialistas. Esta desaparición exige a la vez el desarrollo consciente por los Estados obreros de una «acción afirmativa», es decir, de medidas que faciliten superar en la práctica las consecuencias de miles de años de discriminación, violencia y desigualdad sexistas sufridas por las mujeres, y la actividad vigorosa de un movimiento de mujeres independiente. Sin una autoactividad, una autorrealización y un ejercicio del poder crecientes por parte de las propias mujeres, es imposible alcanzar realmente la igualdad entre los sexos.
6
La teoría y la estrategia de la revolución permanente se caracterizan también por lo que no pretenden.
Esa teoría no incluye ninguna idea según la cual:
6.1) la revolución socialista solo puede triunfar simultáneamente en todos los países o en muchos de ellos;
6.2) el proletariado (y las masas trabajadoras) no deberían luchar por el poder en los países atrasados cuando esa conquista del poder es posible, por temor a quedar atrapados en un callejón sin salida, a ser inevitablemente aplastados por el imperialismo mundial o a quedar inevitablemente oprimidos por una burocracia totalitaria;
6.3) el Estado obrero victorioso tiene el deber de extender la revolución mundial mediante guerras revolucionarias;
6.4) cualquier tipo de progreso, en particular los avances en la industrialización, es imposible en un país menos desarrollado sin el establecimiento de la dictadura del proletariado;
6.5) en la época del imperialismo, en ninguna circunstancia y en ningún país podría la burguesía «nacional» actuar de ninguna manera contra el imperialismo;
6.6) incluso si la burguesía «nacional» da tales pasos contra el imperialismo, por vacilantes y pasajeros que sean, la clase obrera no debería apoyarlos, so pena de perder automáticamente su independencia de clase;
6.7) la clase obrera de cualquier país debería subordinar sus intereses de clase a las supuestas necesidades de la defensa o la extensión de la revolución en otros países;
6.8) la imposibilidad de culminar la construcción de una sociedad socialista en un solo país (o en un número reducido de países) implica que, antes de la victoria de la revolución mundial, no se pueden realizar progresos importantes en el sentido de la desaparición de la escasez, de la economía de mercado y de la desigualdad social, ni de la restricción de la burocracia y de la represión interna, con independencia del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, del peso relativo del proletariado, de su nivel de conciencia de clase y de la calidad de la dirección revolucionaria ya alcanzados;
6.9) la inevitable supervivencia del Estado durante el periodo de transición entre el capitalismo y el socialismo plenamente realizado implica severas restricciones de la democracia política (de la democracia socialista) en el terreno de la libertad de organización, de la libertad de expresión y del libre acceso a los medios de comunicación de masas para las tendencias de oposición o disidentes, o la necesidad de un sistema de partido único.
Todas estas ideas son completamente erróneas, nunca fueron formuladas por Trotsky ni por partidarios serios de su teoría de la revolución permanente, y no forman en modo alguno parte de esa teoría.
Footnotes
Véase, por ejemplo, el intercambio entre Doug Jenness y Ernest Mandel en International Viewpoint, suplemento especial, n.º 32, 1983; el artículo de Jack Barnes «Their Trotsky and Ours: Communist Continuity Today», en New International, vol. 1, n.º 1, otoño de 1983; y el documento «The Present Stage of Building the Fourth International», en Resolutions of the Twelfth World Congress of the Fourth International, International Viewpoint, número especial, 1985. ↩


